Hoy he comido con T que ya no vive aquí desde el puto miércoles santo. Raro eso de que esta ya no sea su casa. Me estaba contando cosas sobre su trabajo. La cosa está chunga en todos lados. En su empresa está siendo un año duro y especialmente para ella, pero bueno, es más que nada cosa personal. Está experimentando vivencias que son inevitables pero nuevas para ella y siempre se pasa un poco mal cuando descubres o te enfrentas a algo por primera vez.
Hay un montón de rumores apocalipticos en su curro. Me los estaba contando y también lo que haría en caso de confirmarse. Me hablaba de las posibles opciones, los planes, las decisiones que tomaría en caso de que se cumplieran los malos augurios. Hablaba con preocupación y miedo pero también con convencimiento. Mi hermana es poco valiente pero de las que hace lo que hay que hacer. Y todo con su cara de niña adolescente y su voz a juego. Hablaba como la adulta que es. Con mucha sensatez. Entonces a mí se me fue la olla y retrocí en el tiempo unos 26 años atrás.
Me pasa mucho últimamente, supongo que por mi cuarentena y sus casorios y arrejuntamientos. Regreso a un recuerdo concreto. Siempre el mismo. Es el verano en el que ellas tenían dos años. Yo volvía de mis vacaciones castellanas. Llena de nostalgia y pena. Sintiéndome muy miserable y desgraciada. Del rollo ese de Alan Parson. Entraba en mi casa sin pizca de ganas de ver a mis padres. Mi relación con ellos en la adolescencia fue un infierno. Lo gracioso es que a estas alturas aún no he sido capaz de desprenderme del resentimiento. Creo que más que por que exista intensidad lo hago por costumbre. Bueno, la cosa es que llegaba al salón donde mis padres veían la tele y mis hermanas estaban fuera en el pasillo jugando. Recuerdo que estaban sucias y despeinadas. Eso se me hizo raro. Mis hermanas, incluso de nenas, siempre mantenian un aspecto impecable. Eran diminutas y delgadísimas. Frágiles. Idénticas con sus idénticos vestidos rosas. Estaban decalzas jugando con sus cachivaches sobre una manta en el suelo. No se dieron cuenta de mi presencia al momento. Tuve que decir algo, me miraron, no recuerdo si dijeron mi nombre. Ni siquiera recuerdo si sabían hablar. La cosa es que de forma automática al verme, todas sonrientes las dos levantaron los brazos hacía mí y a las dos las cojí en cuello. Las tres hermanas somos muy lapas. Muy de besuqueos, abrazamientos y demás pegajosidades.
No es cosa de que no admita que el tiempo ha pasado, que las nenas ya no son nenas, que han crecido. Que sí, que me toca los güevarios toda esta mierda egoísta de que tengan su propia vida, de eso claro que hay algo. Pero es que realmente para mí es como si esos 25 años no hubieran pasado. Hay algo que no ha cambiado nada. Para mí siguen siendo mis nenas, y al igual que el pollo-gallina, me gustaría protegerlas toda la vida. Aunque mi mente sepa que eso no sano ni posible.
Me cago en Cronos, Saturno y a la madre que parió a todo el puto Olimpo grecorromano.
2 comentarios:
no estás muy lejos de como siente una madre...
Y por qué maldices al pobre panteón griego??
jajaja
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