La mente puede ser nuestro mayor aliado o nuestro peor enemigo. La fragilidad emocional de mi padre no está ayudando nada. Tiró la toalla hace muchos años. La morfina, los analgésicos, los ansiolíticos y demás mierdas que toma para calmar toda esa maraña mental y física que sufre, tampoco le aportan mucha claridad mental.
En su última estancia en el hospital sufrió dos ataques de ansiedad. Mi padre es un Géminis de libro. Inquieto física y mentalmente que lleva años tratándose de ansiedad. Tiene diagnosticada claustrofobia, terrores nocturnos e hipocondría, entre otras cosas. Ahora, por culpa de la metástasis de la cadera, apenas camina y necesita una silla de ruedas. Lo peor que le podía pasar a un hiperactivo como él.
Por la angustia de estar enfermo y su hipocondria, se queja de todo y vive en un estado de hipervigilancia de sí mismo. No distingue entre un dolor y otro. No tolera ningún tipo de molestia. En su estado es bastante importante explicar y concretar el tipo de dolor que siente para que así el médico prescriba la medicación más adecuada. La cosa es un poco ensayo y error, porque no todos reaccionamos igual ante el dolor y hay que probar hasta dar con lo que a uno le funciona. Y como para él todos los dolores son iguales, y le encantan las pastillas, así está, dopado hasta la médula y durmiendo todo el día. La cosa es que lo poco que está despierto, no está del todo lúcido. A veces se despierta y mezcla la realidad con algo que estaba soñando. Hace un rato me ha dicho que estábamos hablando de algo y que no lo recuerda. Hace un rato estaba durmiendo como un tronco y no hablamos de nada. Otras veces, la mayoría, se despierta desorientado y eso le pone ansioso. Como si justo recordase que tiene algo que hacer y no supiera qué. Entonces empieza pedir, mandar y a tratar de "solucionar" cosas. De toda la vida del señor, en esta casa nos echamos a temblar cuando mi padre se pone a buscar soluciones. Para arreglar una cosa, jode cinco. Siempre ha sido así. Mi padre es el Rey de las Ideas Peregrinas. Medicado está alcanzando niveles estratosféricos de absurdo. Y en su línea geminiana... lo que ahora es negro dentro de un rato es blanco.
Que nos mareé a nosotras en casa, bueno, pues es lo habitual. Pero cuando empieza a descolgar el teléfono y a llamar para volver locas a mis hermanas o a un amigo para pedir un favor innecesario. O solicita información al organismo oficial equivocado y él se empeña en que le ayuden igual. Con su voz pastosa de colocón, perdiendo el hilo de lo que dice, explicándose como un libro cerrao, a mí y a mi madre nos pone muy, pero que muy nerviosas. Y claro, llega un momento que hay que pararle los pies y tener una bonita bronca.
Por supuesto que no tolera ninguna crítica. Está absolutamente convencido que lo que hace está bien. Y no es por la medicación, ya era así antes. Como yo tengo más paciencia y tengo más tacto que mi madre, soy quien intenta hacerle entrar en razón y arremete contra mí. Me insulta, me ningunea, me desprecia. Vamos, lo normal entre él y yo. Antes de estar enfermo su frase para zanjarlo todo era "lo que yo digo es la ley porque soy tu padre". Como es mi padre lo sabe todo y es infalible. Ahora toca: "lo que yo digo es ley porque estoy enfermo, necesito tranquilidad y no se me puede llevar la contraria". Lo dice tal cual lo he escrito. Literal.
No es nada agradable gritarle a un moribundo. Nadie se siente bien después. Soy consciente de la ansiedad que le genera discutir y que eso repercute en todo lo demás. En el fondo mi padre es como un niño pequeño que aún no ha terminado de entender porque este mundo es tan hostil con él. Me da mucha pena, pero no. O igual no me da la pena suficiente y soy un ser malvado y sin compasión, pero no pienso someterme a la dictadura de un enfermo. Bastante tiranía es de por sí la enfermedad.